La rabia, si no es utilizada como motor de cambio, es un pozo sin fondo que lleva a la frustración, al odio, y a la pérdida de identidad, de valores y de esperanza.
Si me da rabia que no sea fácil hacer lo que verdaderamente quiero hacer, y pongo toda mi energía en pensar lo mucho que me cabrea no poder hacerlo, me pierdo en un bucle que incluso me hace olvidar lo que yo genuinamente quería.
Cuando la rabia es el sentimiento dominante al experimentar el mundo, la lucha es el medio de transporte.
No es el fin.
El fin buscado es la calma. La no-lucha.
Pero luchar es algo intrínseco en nosotros…
Lucha contra el mundo, o lucha con tus propias limitaciones que te impiden dar al mundo lo que tienes para dar.
Hay líneas imposibles que nos generan dudas, y esa capacidad de dudar nos impulsa y nos hace seguir avanzando.
Desde ese impulso es desde donde podemos ver con más claridad cuáles son las limitaciones propias.
¿Alguien me dijo que no podía hacer algo?
¿Yo mismo lo asumí porque nadie más lo hizo a mi alrededor? ¿Me da miedo hacerlo y que salga mal…?
Y, sobre todo… ¿me define el resultado? ¿me define el camino? ¿o el camino simplemente me despoja, me libera y me abre dudas más profundas?
